Convivir es vivir II

Tengo que admitir que vivir siete personas en la misma casa no fue fácil, sin embargo fue una de las mejores experiencias de mi vida. Éramos como una familia numerosa con conejo y hamster incluido, y no estábamos nunca las unas sin las otras.

Ana y Marta en casa

Ana y Marta en casa

Cocinar era una aventura y como llegases tarde comías la última. Siete bocas que alimentar requiere mucho tiempo y espacio. Nosotras decidimos hacer turnos: mientras unas comían, otras cocinaban. De esta forma no nos saturábamos y lo hacíamos todo con cierto orden. Nuestro comedor parecía el de un colegio y encima siempre teníamos invitados. Era una alegría diaria: tú te levantabas por las mañanas con el pijama, el pelo enmarañado y los ojos llenos de legañas y bajabas a la cocina para hacerte el desayuno tranquilamente, pero para tu sorpresa siempre había alguien a quién no te apetecía nada ver en esos momentos.

Tu habitación también es una zona común

Conforme van pasando las semanas te vas dan cuenta de que ningún miembro de la casa respeta la intimidad de los demás. Esto no lo digo para acusar a nadie, todo lo contrario, llega un momento en el que la confianza es tal que ya nadie llama a la puerta y te piden prestada la ropa con toda naturalidad.

Para que os hagáis una idea, con mi amiga Marta llegó un momento en el que cuando nos despertábamos íbamos directamente la una a la habitación de la otra y nos vestíamos con ropa ajena. Ni siquiera preguntábamos, lo hacíamos como algo automático.

Aunque lo malo de esto es que llegas a un punto en el que ya no sabes si esa camiseta roja nueva tan mona la tiene la de arriba o el vecino y todo se convierte en un lío porque los armarios de toda la casa tienen prendas de todas. Así estuvimos hasta que nos plantamos en junio y al hacer la mudanza descubres que tus pantalones negros estaban en la habitación de Ana con la ropa de cama y que la camiseta azul estaba dentro del cajón de los pijamas.

Todo el mundo pasa por tu cuarto sin preguntar ni siquiera si pueden hacerlo. A las doce de la noche, cuando te dispones a dormir, una de ellas entra para contarte algo muy interesante (pero que a ti en ese momento no te apetece escuchar) y sin saber por qué os reunís las siete hasta las cuatro de la mañana. Y tú que ya estabas con un pie en la cama…

Cuando llegan los invitados

En el momento en el que alguna de mis amigas me decían con una sonrisa en la cara que venía su mejor amiga de visita, o el primo del vecino, yo me echaba a temblar. Que vengan invitados a casa significa que esa amiga dormirá conmigo para cederles su cama. Durante esos tres o cuatro días no hay quién duerma, porque se trataba de meter a dos chicas de estatura considerable en una cama de noventa. Luego tiene que utilizar tu baño, cambiarse en tu cuarto y todo lo demás siempre contigo.

Son días en los que la palabra intimidad se borra de tu diccionario por completo y en los que, por mucho que lo intentes, nunca tienes ni un segundo para estar sola. Eso sí, cuando necesitas a alguien que te de un beso, un abrazo, que te lleve de fiesta, al cine o que te acompañe al fin del mundo no tienes a una persona: tienes a siete.

  1. ¿Es un relato? ¿O todas sois ángeles? Porque lo hagas como lo hagas una persona, si se empecina en no querer convivir pacíficamente, nada se puede hacer, ni el propietario…

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